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El Calculatron

16 Junio 2006

Desde la proa del veloz navío oteas ansioso hacia el levante crepuscular. Esperas que, antes que el día exhale su último aliento luminoso, la vieja Creta rompa el horizonte con su abrupto relieve tal y como predijo la máquina de Demónades. Te llamas Theodotos, eres el capitán y dueño del mercante que llevas a Atenas cargado de trigo. Desde que la ciudad se unió al rey del Ponto en la guerra contra Roma las despensas atenienses no dan abasto para la población y los barcos que otros años llegaban desde Chipre están bloqueados ahora por el enemigo. Atenas pasa hambre.

Muchos han intentado traer provisiones desde lugares lejanos, pero siempre han sido interceptados, desde ningún puerto a menos de un mes de distancia puede partir ningún mercante griego con provisiones; el mar es romano desde las columnas de Hércules hasta Antioquia. Pero tú vienes de Hispania, donde dijiste que eras griego de Alejandría, fiel a la República, cargaste trigo barato y, evitando todos los puertos romanos, has cortado el Mediterráneo como un cuchillo por alta mar, hasta llegar a Creta.

Al menos eso esperas.

La primera vez que viste el Calculatron pensaste que te estaban tomando por idiota. En la humilde casa del sabio Demónades éste intentaba explicarte sin éxito el funcionamiento del extraño artefacto. Mientras hacía girar sus muchas ruedas y engranajes, sustituía discos agujereados que, según él, contenían los mapas de las estrellas y los planetas, apuntaba en papiro los datos que, aseguraba, la máquina le indicaba. Luego cambiaba el disco frontal y, utilizando los datos obtenidos la máquina le devolvía otros nuevos sin que tú supieras ni para qué servían ni mucho menos cómo podrían ayudarte en tus viajes. Por fin el viejo se ofreció a dejarte la máquina sin pago previo y a su ayudante campaniense Spendius para que manejara el mecanismo y descifrara sus extrañas claves para ti. No tenías nada que perder y, en caso de que sus indicaciones fueran erróneas, siempre podías sacrificar hombre y máquina a Poseidón.

No hizo falta. El viaje de ida hacia la Tarraconense lo hicisteis costeando normalmente la península itálica diciéndoos amigos de Roma. El campaniense comprobaba cada día la ubicación y, si a mediodía decía que pronto llegaríais a Sicilia, al atardecer ya atracabais en el puerto de Catania. Ya en Saguntum cargasteis las bodegas de grandes cantidades de trigo barato para Atenas y un poco de vino caro para el viaje. En la prefectura nadie podía sospechar que, con tan poca reserva de vino, podrías llegar hasta Grecia sin hacer escalas en otros puertos romanos; esa es la clave del éxito de tu empresa.

Por fin divisas algo en el horizonte. Ante ti reconoces las montañas blancas que coronan la Creta occidental, Spendius y su máquina han hecho un trabajo excelente, ya te sientes cerca de casa.

Pero lo más complicado está por llegar. En poco tiempo la noche se cierra sobre vosotros y es ahora cuando debéis poneros a trabajar de verdad. La zona está plagada de trirremes y barcos de la marina romana, pasar entre las islas de Kitera y Antiquitera es una tarea imposible de día sin ser interceptado y de noche sin sucumbir ante las rocas. Ahí entra en juego de nuevo el Calculatron. Pones en marcha a toda la tripulación, Spendius cambia el disco frontal del mecanismo y lo sustituye por otro que no había utilizado hasta ahora, la máquina empieza a funcionar. Durante dos horas los asustados marineros trabajan a oscuras y en silencio siguiendo tus órdenes mientras Spendius, con la sola luz de una vela, calcula deprisa anticipándose a las próximas maniobras. De pronto el operador se queda silencioso mirando a la máquina.

Le estás preguntando que si se gira a babor o a estribor, pero él no te responde, sólo mira paralizado la máquina. Te acercas, del borde superior del artefacto sobresale un pequeña lámina con una inscripción, hacia ella se dirige la mirada absorta de Spendius. La inscripción está marcada con caracteres muy pequeños, acercas la vela y lees. Te asustas, durante unos instantes te quedas tan paralizado como Spendius. Por fin reaccionas: “Vuelve al principio, calcúlalo desde el principio otra vez”, le dices.

Como si el propio Spendius fuera también un artefacto necesitado de que le den cuerda, se pone inmediatamente a trabajar. Comienza de nuevo, vuelve a girar varios engranajes, inserta una serie de pasadores en ciertos orificios de la máquina. El resultado es el mismo. Durante horas los dos repetís la maniobra decenas de veces, siempre con el mismo resultado, siempre la misma lámina de cobre con la misma inscripción:

-El Calculatrón ha efectuado una operación no válida y debe reiniciarse.

Epílogo


En 1902 una expedición arqueológica encontró, en un naufragio cerca de la isla de Antiquitera, los restos de lo que parece ser la primera computadora analógica de la historia. Hoy se sabe que con ella se podía predecir con exactitud los movimientos de ciertos astros, pero parte del mecanismo se ha perdido para siempre, por lo que sólo podemos imaginar el potencial de dicha máquina conocida como el Mecanismo de Antiquitera.

8 comments

  1. Leí el texto de corrido, y no lo entendí.
    Opté por leerlo luego de abajo arriba, empezando por el final.
    Coño, que le encontré sentido y todo. Empiezo a preocuparme…


  2. A mí me ha pasado lo contrario que a Otis.


  3. Eso es por su legendaria esquizofrenia, caballero.


  4. yo estaba convencida de haber dejado comentario.

    acá la cosa se pone rara.

    el texto es genial, del derecho y del revés.

    (y aclaro que kozinski no me paga)


  5. perdón, me salió muy espaciado el comentario, y no quiero ocupar lugar. (es que soy de enter veloz)


  6. Vaya, se ve que se necesita dejar de publivar temas nuevos una temporada para que te reconozcan.

    (Será que me habían dado por fallecido)


  7. kozinski! publive nomás, publive.

    si es por fallecida, a mi creo que me dieron hace rato, a evaluar por el rating.

    pero es que como dice un amigo, esto de la interné para lo único que sirve es para encontrar pornografía rapidito y a bajo costo.

    será cuestión entonces…


  8. Au contraire, cuando le den por muerta subirá su cotización como la espuma.

    A eso me refería yo.


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