
THORTON, THORTON & THORTON INC.
28 Julio 2006Cuando la THORTON, THORTON & THORTON INC. alcanzó su máximo esplendor llegó a ser el líder mundial en activos, capitalización bursátil, retorno de inversión y beneficios, con más de tres millones de personas trabajando directamente para la compañía sin contar subcontratas. Más de tres millones de empleados orgullosos, porque, en cualquier parte del mundo, trabajar para la THORTON, THORTON & THORTON INC. era una garantía de prestigio, una llave que abría las puertas de la élite social.
En verdad ser empleado de la compañía era sinónimo de éxito, más que por los salarios –que no eran excepcionales –por los estrictos controles de calidad profesional que ésta imponía a todo su personal. Una de las claves del éxito de “La Thortons” era su política de despidos continuada, a instancias de la cual despedía cada año al diez por ciento de la plantilla que resultara menos productiva.
En un alto edificio de una ciudad mediana se encontraban las oficinas del Centro de Análisis de Productividad Individual, donde alrededor de nueve mil profesionales de alta calificación evaluaban constantemente los niveles de productividad de todos y cada uno de los empleados de la compañía en el mundo, a fin de descubrir ese diez por ciento de “Unidades Productivas Humanas” que no alcanzaban las ratios exigidos para continuar en la empresa.
Se utilizaba una media de dos mil quinientos modelos diferentes de cartas de despido, que constantemente eran actualizadas por un equipo de ochenta redactores, entre las que se escogía la de cada empleado despedido en función de su perfil psicológico y de sus circunstancias personales. Cada año salían del edificio unas trescientas mil de esas cartas, una cada ciento veinticinco segundos.
En la THORTON, THORTON & THORTON INC. todo estaba estudiado y se hacía con la máxima precisión. Los bolígrafos, por ejemplo, estaban cargados con un cuarto de miligramo de tinta verde en su extremo, de manera que, cuando estaban a punto de terminarse, empezaban a escribir de ese color. El empleado que estaba usándolo lo advertía por ello y rellenaba una instancia –en papel especial que resalta el verde –para solicitar otro.
Una copia de la instancia se enviaba a Aprovisionamiento, otra a Análisis y Contabilidad, donde se elaboraban todo tipo de estadísticas e informes al respecto del uso del bolígrafo. Más tarde, esos mismos informes eran devueltos al Centro de Análisis de Productividad Individual, donde se añadían a otro sinfín de datos para evaluar la capacidad productiva de los trabajadores.
Los bolígrafos jamás se secaban o explotaban: los fabricaban en una factoría de THORTON, THORTON & THORTON INC.
Era en ese alto edificio en una ciudad mediana donde se gestaba la clave del éxito de “La Thortons”, tener una tarjeta de acceso a él constituía un honor y era motivo de envidia y admiración.
Simón L. Kowalsky trabajaba allí desde hacía quince años, y desde hacía dos era Delegado Supervisor de Subsección en Grado Dos, lo cual daba licencia a llevar la cabeza bien alta en la mayoría de las circunstancias que se pudieran dar en la vida. Estaba calculado que su estatus social superaba al del noventa y ocho con trece por ciento de la población mundial.
Durante sus quince años de servicio no había estado jamás enfermo, no había llegado nunca un minuto tarde a su mesa ni la había dejado un minuto antes. Sin embargo, el día en el que sucedieron los hechos que nos ocupan, Simón L. Kowalsky, a quien llamaremos simplemente Simón a partir de ahora, abandonó su puesto de trabajo a las dieciséis cuarenta y cinco –hora Thorton –y salió del edificio a pie, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida.
Las tres o cuatro personas que pudieran conocerle íntimamente podrían adivinar en su rostro una desolación inusitada en él, pero ninguna de ellas estaba allí, así que los guardas de seguridad se limitaron a saludarle indiferentes. Normalmente cogía el metro para llegar a casa, pero aquel día, siguiendo la recién adquirida costumbre de romper con sus costumbres, y teniendo en cuenta que no había aún nadie esperándole en ella, decidió encaminarse a casa por su propio pie.
No era tan mala la opción, a pesar de los doce kilómetros que le separaban de su pequeño hogar: los zapatos que llevaba eran marca “Triple T”, fabricados en la compañía.
El trayecto le hizo visitar las zonas más características de la urbe: empezando por la zona céntrica, con sus rascacielos llenos de bancos, las tiendas de moda exactamente iguales que las de cualquier otra ciudad del mundo y los establos para humanos de comida rápida. Allí se sintió pequeño, aún dominado por la misma desazón que la gente común no podía adivinar.
Cruzando un puente llegó a la parte más gris de la ciudad, donde vivía la mayoría de la gente. Enormes bloques de ladrillo llenos de habitantes de clase media-media que dejaban a sus hijos crecer frente a una pantalla de alta resolución. No fue consuelo para él saberse miembro del club de los que escaparon de este barrio de un salto.
Sin embargo, empezó a integrar paulatinamente en su ánimo un sentimiento de agradecimiento por la solidaridad con la que sus compañeros le habían premiado una decisión que para él era cuestión de simple profesionalidad. Uno de ellos, incluso, había llegado a abrazarlo emocionado.
A medida que avanzaba, los inmuebles de su entorno se aviejaban y, a la vez que sus piernas iban acumulando cansancio, le parecía que también las fachadas de los edificios se mostraban cansadas de soportar a sus inquilinos. Llegó al lugar donde las calles tenían fama de peligrosas y los edificios estaban tan desahuciados como los que sobrevivían en ellos.
Aceleró el paso aunque a esas horas el barrio parecía tranquilo. Durante un buen rato se concentró en el andar y casi dejó la angustia previa de lado.
Al fin la ciudad desembocó bruscamente en una autopista que la bordeaba a buena altura, dando sombra a las últimas manzanas de la periferia. Después de eso, un largo paseo por caminos olvidados que transcurrían entre fábricas abandonadas y pilares de carreteras que zumbaban sobre su cabeza al ritmo del tráfico incesante.
Andando solo por esos parajes, realmente muertos y perdidos, tuvo tiempo para reflexionar sobre lo ocurrido y empezar a darse cuenta del valor de las decisiones que había tomado ese día. ¿Por qué no reconocer de una vez por todas su mérito? ¿Por qué no aceptar que, en las mismas circunstancias, cualquiera de sus colegas no habría tenido el valor que había tenido él? Ninguno de ellos habría sido capaz de firmar y enviar semejante informe de despido, seguro que habrían hecho la vista gorda.
Era evidente que se había estado minusvalorando en su trabajo, que lo que él consideraba normal en sus funciones era para la mayoría un celo excesivo, una pulcritud extrema y admirable, así que ¿por qué no aceptar la opinión de los demás y darse el gusto de reconocerse como un profesional intachable? ¡Si hasta se lo habían hecho saber esa misma mañana por escrito! Bien era cierto que en los últimos meses ciertos problemas familiares que nunca debieron salir del ámbito doméstico afectaron a su natural agilidad laboral, pero su profesionalidad nunca había quedado en entredicho y, tras su actuación de hoy, nadie podría negársela jamás.
Con esos pensamientos y oros similares llegó a la ciudad dormitorio donde él y su mujer habían comprado un adosado en cómodos cuatrocientos ochenta plazos. Decidió estrenar su nueva condición de hombre feliz sentándose en un parque y respirando el aire fresco del atardecer dando una tregua a sus ya doloridos pies –en ningún caso a causa de la calidad de los zapatos, según su criterio –y esperando que cayera la tarde, a la que despidió con una sonrisa.
Unos cien minutos después prosiguió su camino; lo había calculado de tal manera que llegaría a casa a la misma hora de todos los días, para no preocupar a su mujer. Toda la maquinaria que los psicólogos del departamento de Relaciones Laborales habían desplegado sobre él a lo largo de quince años quedó de manifiesto al llegar a casa y ser preguntado como siempre por la jornada laboral.
-Cariño –respondió lleno de orgullo –me he despedido.
La pregunta es: ¿Se entiende bien el final?
¿Lo de que usté cumple años todos los días? Sí, se entiende ferpescto… Así le va.
Cristalino
yo lo entendí (después de todo, cada cual interpreta lo que quiere).
la angustia de simón es sobrecogedora.
pero aún cuando quiere violar el límite impuesto, no termina de lograrlo: cumple con el horario de regreso.
espero que en el capítulo II, simón le conteste otra cosa a la mujer, algo así como: nunca màs vuelvas a ponerme esa carita de aprendiz de investigadora privada, ni a preguntarme nada cuando regrese a casa, hasta tanto no te haga el movimiento afirmativo de cabeza. clarito?
tal vez un mar de nadadas más y listo.
(me encantó el relato, kozinski. lo digo sin más ánimo que alentar un segundo capítulo)
Bien, veo que no se entiende.
bien, veo que para usted hay una sola interpretación posible.
melón.
Es que lo he escrito yo.
Por eso no se entiende (entiendo yo)
Yo diría que se entiende en un noventa y ocho por ciento, teniendo en cuenta las veintisiete probabilidades de final posible y las trescientas cincuenta y cuatro opciones de actuación de Simón desde que se sentó en el banco del parque. (En serio esta genial, me alegro de haber pasado por su cuaderno señor Kozinski y Cia)
pero lo leí yo, kozinski y tengo un día de mecha corta.
empiece el capítulo dos, que está cosechando lindo, y no hay que desperdiciar el buen tiempo.
No hay capítulo dos, ¿ve como no se entiende?
Se trataba de un señor que trabaja valorando a los trabajadores de su empresa para decidir cuales deben ser despedidos. Un día le toca valorarse a sí mismo y, lejos de hacerse la vista gorda, se hace un informe negativo y abandona la empresa orgulloso de su profesionalidad.
En un hipotético segundo capítulo se daría cuenta años después de que hizo el gilipollas porque le habían comido el tarro y fundaría una organización terrorista a la que llamaría “V de Vichyssoise”.
kozi, usted está terminante hoy.
sí que lo entendí.
si lee el final de lo que puso, va a ver cómo se contradice. (no me venga con hipótesis)
puede haber un capítulo 2, y podría fundar también una casa de citas (la thortona)
Lo siento. No hay segunda parte.
Y esto no es una hipótesis.
entre tanta discusión, se me olvidó desearle feliz cumpleaños.
aunque sea con atraso, le doy un abrassssssso (es que la z para los argentinos no existe).
ya entendí, kozinzki: no hay segunda parte. (al menos acá).