
La Alguacilada (I)
13 Diciembre 2006¡Alarma! ¡Alarma! Gritaba ebrio el alguacil, mientras bajaba corriendo a trompicones la ladera del monte sobre el cual se erguía la vieja atalaya de vigilancia del pueblo. Tal era la agitación del funcionario, que se había olvidado por completo de los menesteres que le habían mantenido ocupado hasta hacía apenas unos segundos, motivo por el cual sobresalía de su bragueta abierta una enhiesta verga que apuntaba, arrogante, un poco más alto que el horizonte sin que, en ningún momento, su dueño tomara conciencia de ello.
Curiosamente, fue aquel detalle el que hizo comprender a sus convecinos que no era el alcohol el que, como casi siempre, hablaba por su boca. Al fin y al cabo el alguacil era un hombre que sabía mantener la compostura aun en los momentos más críticos de una borrachera. Quizá era lo único que supiera hacer.
Era jueves por la tarde y, como todos los jueves por la tarde, la mayoría de los lugareños se recogían en sus casas para reponer las fuerzas que habían perdido en la dura jornada de trabajo previa. Aun así, para cuando el alguacil llegó a la plaza del ayuntamiento ya le esperaba un grupo de vecinos sorprendidos –tanto por lo inusual de su solicitud como por la criatura que se asomaba desde su entrepierna –encabezados por la alcaldesa.
¡Alarma¡ Continuó gritando entre jadeos de cansancio ¡Está llegando…! ¡Un visitante!