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La Alguacilada (I)

13 Diciembre 2006

¡Alarma! ¡Alarma! Gritaba ebrio el alguacil, mientras bajaba corriendo a trompicones la ladera del monte sobre el cual se erguía la vieja atalaya de vigilancia del pueblo. Tal era la agitación del funcionario, que se había olvidado por completo de los menesteres que le habían mantenido ocupado hasta hacía apenas unos segundos, motivo por el cual sobresalía de su bragueta abierta una enhiesta verga que apuntaba, arrogante, un poco más alto que el horizonte sin que, en ningún momento, su dueño tomara conciencia de ello.

Curiosamente, fue aquel detalle el que hizo comprender a sus convecinos que no era el alcohol el que, como casi siempre, hablaba por su boca. Al fin y al cabo el alguacil era un hombre que sabía mantener la compostura aun en los momentos más críticos de una borrachera. Quizá era lo único que supiera hacer.

Era jueves por la tarde y, como todos los jueves por la tarde, la mayoría de los lugareños se recogían en sus casas para reponer las fuerzas que habían perdido en la dura jornada de trabajo previa. Aun así, para cuando el alguacil llegó a la plaza del ayuntamiento ya le esperaba un grupo de vecinos sorprendidos –tanto por lo inusual de su solicitud como por la criatura que se asomaba desde su entrepierna –encabezados por la alcaldesa.

¡Alarma¡ Continuó gritando entre jadeos de cansancio ¡Está llegando…! ¡Un visitante!


Por dos distintas razones se mostraba inquieta la alcaldesa. Ni siquiera el abuelo, el hombre más viejo del lugar, que ya era viejo cuando nació la madre del alguacil –jamás se supo quién fue el padre –recordaba que hubiera llegado al pueblo nunca un visitante del exterior. Por otro lado, no le agradaba en absoluto la manera en que el miembro del alguacil apuntaba directamente a su cabeza, cual falo acusador.

Tras unos instantes de confusión en los que el alguacil no fue capaz de explicarse adecuadamente, la alcaldesa acabó por hacer imponer el decoro y ordenó, con su habitual vehemencia, al alguacil que guardara ipso facto sus vergüenzas. De tal manera obró el aludido, no pudiendo empero, ocultar la abultada forma que, en estos casos, se presenta bajo el pantalón.

En cuanto se hubo salvado el impúdico obstáculo, la conversación tornose fluida retomando el cauce de la normalidad; es decir, la alcaldesa interrogaba en actitud inquisidora mientras el alguacil, apocado, respondía breve y concisamente sin levantar la vista del suelo. Tal parecía que, en vez de haber acudido el alguacil a contar lo que había visto, era la alcaldesa la que lo hubiera buscado para sacarle la información de las entrañas. Era la manera en la que, por defecto, se relacionaba esta prócer local con sus ciudadanos.

La mayoría de los presentes no podía creerse lo que el alguacil contaba. Según su versión –no había otra –un hombre de acercaba a caballo por el este, lo acababa de ver en el paso de la montaña pelada. ¿Cómo puedes afirmar que era un hombre desde tan lejos? ¿No podría ser una mujer? Bueno… era una persona… ¿Una persona? ¿Y cómo sabes que no era un mono? Nunca he visto un mono… ¿Y acaso has visto alguna vez un caballo para decir que iba montado en uno? No, pero según dicen… ¡Según dicen! ¡Tienes que ser mucho más objetivo en tus apreciaciones! Tu puesto, muchacho, es de una importancia vital para la comunidad -falacia como esa no se había oído en el lugar desde hacía generaciones; todos sabían que la figura del alguacil era innecesaria en el pueblo, sólo se ocupaba la vacante cuando alguien demostraba ser un completo inútil para todo lo demás –, debes contar los hechos tal y como los has visto, sin hacer suposiciones que podrían ser erróneas.

El pobre alguacil acabó contando lo ocurrido con pelos y señales omitiendo, claro está, los ejercicios onanísticos a los que se dedicaba en la atalaya, y sin aportar a los acontecimientos valoración subjetiva alguna, tras lo cual la alcaldesa se dirigió hacia el creciente gentío: Ciudadanos, un extranjero se acerca a caballo por el este, acaba de ser visto en el paso de la montaña pelada.

4 comments to “La Alguacilada (I)”

  1. Nota: darle formato al texto en wordpress es un puto infierno.


  2. Oiga, qué cabrón es usted, nos ha metido intriga
    cual burda teleserie de fin de semana.


  3. En el capítulo sopotocientos cuarenta y seis se van aclarando las cosas… al menos parcialmente.


  4. ¿Y dice usted que este es el primero?
    Pues con su permiso empiezo a morderme las uñas en este preciso instante.


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