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La Alguacilada (II)

23 Diciembre 2006

Antes de caer el sol, una comitiva de bienvenida encabezada por el propio alguacil, partía del pueblo al encuentro del extranjero. Entretanto, en la casa consistorial se reunían, a puerta cerrada, los Tres Principales de la villa. La alcaldesa representaba en este trío la voluntad del pueblo, el abuelo debía, en principio, aportar una dosis de sabiduría tan necesaria en estos tiempos en los que alcanzar la cincuentena resultaba extraordinario. La otra pata del trípode sobre el que se tomaban las decisiones más importantes del pueblo era sostenida por monseñor, la única y más alta autoridad moral cuya misión consistía en preservar las sagradas tradiciones, alentar y vigilar el cumplimiento de las leyes de Altísimo y difundir su palabra a las nuevas generaciones.

No eran pocos los aldeanos que protestaban, siempre en privado, por la dejadez de monseñor en sus funciones. El anterior prelado fue un hombre sabio, humilde, estudioso incansable de la Palabra Divina y entusiasta divulgador de la Fe. Sin embargo, a la hora de, en el lecho de muerte, pasar el testigo de su santa profesión, eligió al más innoble patán de entre sus alumnos, sin que nadie pudiera jamás averiguar el porqué. Debido a que no había iglesia en el pueblo, monseñor dirigía la vida espiritual de sus parroquianos conviviendo con ellos. Cada semana debía ser acogido y mantenido por una familia a la que instruía en asuntos espirituales a cambio de abundante comida y bebida, un buen colchón y, ocasionalmente, un rápido desahogo carnal. El mencionado monseñor llevaba esta vida de constante gorroneo hasta el límite.

Pero había algo que le hacía imprescindible a los ojos de sus feligreses y que nada tenía que ver con su estatus social: era la única persona en el pueblo capaz de enfrentarse a la alcaldesa. Cuando la edila amenazaba a la población con uno de sus ramalazos dictatoriales, todos acudían a él para que la hiciera entrar en razón. Normalmente se sacaba alguna norma divina de la manga y la amenazaba con la excomunión. Incluso se dice que una vez la alcaldesa intentó agredirle y el se defendió.

La reunión que aquella tarde mantuvieron los tres transcurrió como cabía esperar: la alcaldesa propuso la formación de un piquete defensivo para defender la villa de posibles amenazas externas mientras monseñor intentaba disuadirle inventándose referencias a la hospitalidad en las Sagradas Escrituras. En un momento dado el abuelo comenzó a relatar viejas historias de su juventud y los otros dos esperaron pacientemente a que se volviera a dormir.

¡Repito que es una amenaza! No podemos permanecer tranquilos mientras se acerca un potencial invasor. ¡Pero que dices! ¿Cómo nos va a invadir un solo hombre? No sabemos si viene solo… ¿Y si fuera la avanzadilla de un ejército? ¿O un espía? Deberíamos tenderle una emboscada en el camino e interrogarle. Creo que estas sacando las cosas de quicio, será mejor ofrecerle comida y alojamiento, de buena gana nos dirá quien es y el porqué de su visita. –Así como la alcaldesa se enervaba a medida que la discusión avanzaba (o, más bien, retrocedía) monseñor hablaba con una prepotente tranquilidad -¡No, no y no! Me niego a dejar a mis ciudadanos a merced de cualquier amenaza ¡Exijo la implantación de la ley marcial!

En esas estaban cuando fueron interrumpidos por el alguacil, los miembros del comité de bienvenida habían vuelto del pie de la montaña pelada, trayendo consigo el cadáver del controvertido extranjero y seguidos de cerca por una bestia enorme a la que ya nadie dudaba en llamar caballo.

2 comments to “La Alguacilada (II)”

  1. Si alguien sabe como hacer que wordpress respete los formatos de tamaño y tipo de fuente, interlineado, etc., que me lo explique.


  2. ¿Periódico en el hocico?


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