El cadáver vestÃa unos ropajes completamente extraños para la gente de la aldea, el cuero y el lino eran desconocidos para ellos, asà como el revolver que llevaba a la cintura. Ningún indicio revelaba la causa de su muerte a la vista de las gentes que se arremolinaban a su alrededor.
¡Alejaos, insensatos! Saltó de repente la alcaldesa como todos esperaban. ¿No os dais cuenta de que puede haber muerto por una enfermedad contagiosa? Es preciso llevarlo fuera del pueblo y quemarlo inmediatamente ¿Dónde se ha metido el idiota del alguacil? Aquà estoy ¿A qué esperas para cumplir mis órdenes? ¡Nos encontramos ante una posible crisis epidemiológica! Hay que reconocer que la alcaldesa se habÃa leÃdo muchos de los libros que quedaban el la antigua biblioteca, a menudo recurrÃa a expresiones que nadie en el pueblo habÃa escuchado antes. Por otro lado, no le importaba saber que lo que decÃa carecÃa de un mÃnimo de fundamento, lo único importante para ella era hacer cumplir sus órdenes.
¡Un momento! La desgastada voz del abuelo sorprendió a todos por enérgica e inesperada: nadie se habÃa percatado de su llegada al grupo de gente que asistÃa a la escena haciendo corro alrededor del muerto. Entonces, en un gesto que serÃa recordado en el pueblo por muchas generaciones, se acercó al cuerpo inerte del extranjero, se agachó a su lado y le despojó de un collar de latón oxidado que llevaba al cuello. Hecho esto se lo puso alrededor del suyo y se alejó diciendo para sÃ: ya era hora ¡Cojones!
Cierto es que el acto en sà no parece ser merecedor de ninguna consideración especial, pero es menester hacer un alto en este punto de la historia para explicar un hecho que formaba parte de la memoria colectiva del pueblo. Desde tiempos olvidados para todos menos para él, el abuelo era conocido por hablar solo, repitiendo una y otra vez la misma frase: algún dÃa volverá, y entonces recuperaré lo que es mÃo ¡Cojones! El abuelo hablaba muy poco, pero casi todo lo que decÃa lo apostillaba con la misma genital expresión.