Archive for 29 diciembre 2006

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La conjura de los necios (II)

29 diciembre 2006

Esto es lo que Bisbal cree que está pasando:

“Si se ilegalizara el emule se salvaría la música”.

Esto es lo que en realidad está pasando, Ricitos de Oro:

Si se ilegalizara el emule te salvarías tú. Si te ilegalizaran a ti se salvaría la música.

Nota: Me veo obligado a crear una categoría llamada La conjura de los necios. Es lo que tiene la realidad, que se impone.

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La conjura de los necios

28 diciembre 2006

Por más que uno intente exagerar hasta el absurdo las chorradas que dice, siempre hay algún tonto que se las toma en serio.

Si algún día el hombre termina de desvelar todos los misterios del universo, aún quedarán por investigar las infinitas posibilidades de la estupidez humana.

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La Alguacilada (II)

23 diciembre 2006

Antes de caer el sol, una comitiva de bienvenida encabezada por el propio alguacil, partía del pueblo al encuentro del extranjero. Entretanto, en la casa consistorial se reunían, a puerta cerrada, los Tres Principales de la villa. La alcaldesa representaba en este trío la voluntad del pueblo, el abuelo debía, en principio, aportar una dosis de sabiduría tan necesaria en estos tiempos en los que alcanzar la cincuentena resultaba extraordinario. La otra pata del trípode sobre el que se tomaban las decisiones más importantes del pueblo era sostenida por monseñor, la única y más alta autoridad moral cuya misión consistía en preservar las sagradas tradiciones, alentar y vigilar el cumplimiento de las leyes de Altísimo y difundir su palabra a las nuevas generaciones. Read the rest of this entry ?

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La Alguacilada (I)

13 diciembre 2006

¡Alarma! ¡Alarma! Gritaba ebrio el alguacil, mientras bajaba corriendo a trompicones la ladera del monte sobre el cual se erguía la vieja atalaya de vigilancia del pueblo. Tal era la agitación del funcionario, que se había olvidado por completo de los menesteres que le habían mantenido ocupado hasta hacía apenas unos segundos, motivo por el cual sobresalía de su bragueta abierta una enhiesta verga que apuntaba, arrogante, un poco más alto que el horizonte sin que, en ningún momento, su dueño tomara conciencia de ello.

Curiosamente, fue aquel detalle el que hizo comprender a sus convecinos que no era el alcohol el que, como casi siempre, hablaba por su boca. Al fin y al cabo el alguacil era un hombre que sabía mantener la compostura aun en los momentos más críticos de una borrachera. Quizá era lo único que supiera hacer.

Era jueves por la tarde y, como todos los jueves por la tarde, la mayoría de los lugareños se recogían en sus casas para reponer las fuerzas que habían perdido en la dura jornada de trabajo previa. Aun así, para cuando el alguacil llegó a la plaza del ayuntamiento ya le esperaba un grupo de vecinos sorprendidos –tanto por lo inusual de su solicitud como por la criatura que se asomaba desde su entrepierna –encabezados por la alcaldesa.

¡Alarma¡ Continuó gritando entre jadeos de cansancio ¡Está llegando…! ¡Un visitante!

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